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Esa valiosa virtud llamada paciencia

No soy de ese tipo de personas a las que les sobra paciencia. Tampoco es que no la tenga, sólo que a veces me la olvido del lado de afuera de la puerta de calle.

Entonces, todo me sale mal. Muy mal. Los chicos no se calman con nada, lloran en simultáneo y me reclaman atención en proporciones iguales. No hay nada que los distraiga, ni que los calme.

Es en estos momentos donde me gustaría clonarme. Tener una doble que haga la mitad de mi trabajo, que atienda a un niño mientras yo cuido del otro.

Muy a mi pesar, esto no sucederá. Y muchas veces, las manos extras están ausentes en estos momentos de caos.

Entonces busco desesperadamente una solución.

Empiezo por #el niño, que es el que entiende de los dos. Y como una Harry Potter de la maternidad, aparecen juguetes improvisados que le sacan una sonrisa, mientras con una mano prendo la cocina intentando cocinar.

#Labebé es otra historia. Si tiene hambre no hay nada que puede hacerla cambiar de opinión. Es comer y nada más que comer. Si tiene sueño, la hamaco con un pie mientras termino de cocinarle a #el niño.

Lamentablemente una vez de cada tantas, pierdo la paciencia ante el primer llanto y esta idílica escena se convierte en un caos. Entonces respiro ondo y me obligo a contar hasta 10. Miro a #el niño a los ojos y no me permito olvidarme que todavía es chiquito y que ningún esfuerzo es suficiente en el intento por recuperar esa, la tan preciada paciencia.