4

Me está faltando algo

No es el clima. No es que me veo gorda. No es que el horóscopo me tiró mala onda.

Es que me falta algo.

Estoy viendo el vaso medio vacío.

Necesito una tarde con mis amigas, una vuelta por el shopping, un curso para aprender algo que me gusta.

Necesito algo que me saque de esta apatía que me tiene con cara de culo.

Las rutinas me desgastan. La repetición inconsciente de las tareas diarias me pesa. Estoy aburrida. Apática creo que es la palabra que mejor me describe por estos días.

Estoy viviendo una sucesión de días todos iguales. Tampoco es que antes las cosas fueran diferentes. Sólo que hoy me jode la rutina.

Me está faltando algo. Algo que me sacuda la modorra.

Y pienso. Pienso en qué estoy haciendo, en que cosas podría cambiar.

Pienso en el trabajo que tengo. En este en el que estoy ahora, cumpliendo horario. Un trabajo al que todavía no le encuentro la vuelta. Un trabajo que no me está dando satisfacciones. Tampoco grandes ingresos, pero eso es otra historia.

No me reconozco en este estado. Hasta me molesta. Andar arrastrando esta cara no es lo mío. El vaso medio vacío tampoco.

Será cuestión de salir a tomar aire. Poner en perspectiva las cosas que sí valen la pena, que si puedo cambiar.

Y volver a ver el vaso medio lleno.

 

0

Dominga Faustina

Hace como mes y medio comencé le docencia. No es que esa sea mi profesión, ni mucho menos. Es una de las (pocas, muchas?) opciones que me da una de las carreras que estudié.

Me venía resistiendo, lo reconozco.

Algunas de mis amigas/colegas ya lo venían haciendo, pero a mí me daba cierto… pánico? Enfrentarme a un grupo de hormonales adolescentes no era la imagen de desempeño profesional ideal.

Pero con la mudanza, el cambio de ciudad (y un largo etcétera de cambios propios) fue imperativo el cambio de desarrollo laboral (o el inicio de uno que aporte estabilidad laboral, para qué negarlo).

La cosa es que ahora soy la profe, o la viejadem, todavía no sé.

No es fácil, quién dijo que lo es? Cómo en TODOS los apectos de la vida, hay días más lindos y días no tanto.

Yo le sigo poniendo el pecho a las balas, o a los mochilazos que vuelan en el aula.

No tengo grandes pretensiones, también lo reconozco. Lo mío no va por el lado de lograr que mis 40 y tantos alumnos se conviertan en Pérez Esquivel, ni mucho menos.

Que me escuchen, que me entiendan y que algo de lo que intento transmitirles se les quede en el cuerpo, ya es un gran logro.

Las grandes pretensiones vendrán después. Supongo que de la mano de grandes pretensiones para mi propia vida…

 

5

Malestares

Ayer me descompuse. Me pasé buena parte de la tarde “yendo de la cama al baño”.

Seguro, algo que comí me hizo mal. Ponele.

Yo más bien creo que fue otra cosa. No soy del tipo “las cosas pasan por algo, o lo que te pasa te lo manifiesta el cuerpo”, etc., etc.

Soy más bien del tipo, me comí todo y por algún lado tenía que salir.

Sin embargo, y en medio del delirio del malestar, me dije: “esto te pasa por el día de mierda que tuviste ayer”. Bah, por varios ayeres.

No estoy pudiendo poner la cabeza en orden. Ni hablar de poner mis cosas en orden.

Desde que tengo hijos que siento que mi vida dejó de ser mi vida para convertirse en algo ajeno. Todo, todo lo que hago parece estar medido con la vara del tiempo que me dejan libre los chicos. A veces creo que no debería ser así, pero si alguien tiene la receta de como lograr esto, #porfavorquemelapase.

Además, con la mudanza y cambio de ciudad se vino el proceso de búsqueda laboral. EL tema, diría yo. Que emprender algo. Que no, que buscar un laburo que dé ingresos fijos. Que mejor no.

Creo que el principal problema es que no sé que quiero. En realidad creo que sé, pero todo me dice que “de eso no se puede vivir”. Además no estoy sola, es decir, tengo una familia. No dá tirarme a hippie y que no me importe nada.

En el medio de todo esto, una necesidad importante de hacer cosas que me gustan. De tener un rato para tomarme un té ininterrumpido, sin que la mitad la tome helada.

Antes de ayer fue un día de esos. De té entrecortado. De charlas con cuasi marido para darle un rumbo a la economía familiar. De empezar a devolver las velas que le debemos a una larga lista de santos. Bah, no, al santo de mi papá basicamente.

Antes de ayer fue un día de esos malos. Y ayer el cuerpo me pasó factura.

Tendré que empezar a creer, no?

4

La madre ideal

He vuelto. Ni sé hace cuanto que no vengo por acá. Seguí leyendo a otras madres, pero tengo muy abandonado este espacio. Bah, tengo muchas cosas abandonadas, pero principalmente siento que me tengo abandonada a mí.

Hay días (la mayoría) que me siento desbordada. Me siento una especie de mujer-pulpo, una rara especie con múltiples brazos.Son muchas cosas y un solo cuerpo.

Los niños demandan. Supongo que todos, no sólo los míos. Los esposos también. Y sospecho que el mío tampoco es el único. La sociedad también demanda y ya ahí no se para donde correr.

Mucho se espera de las madres actuales. O mucho creemos que se espera de nosotras y actuamos en consecuencia. O al menos lo intentamos.

No sé como habrá sido la maternidad en la época de mi mamá y mi suegra. No sé que se esperaba de ellas ni cuánta autopresión se ejercían. Pero me miro, y miro a mis amigas y siento una pelota en el estómago.

Me pasa sólo a mí? Soy sólo yo la que día tras día acumula rutinas? Soy sólo yo la que a la noche piensa, que hice hoy de divertido, de distinto?

Hay días así, hay muchos. Y pienso y me enojo. Y pienso cómo puede ser que se me pasen los días entre platos sucios y ropa para lavar sin haber disfrutado aunque sea un rato de hacer algo divertido con los chicos?

Pienso y se me hace otro nudo en el estómago.

No me acuerdo como era mi mamá cuando yo era chica. No es una imagen que tenga muy presente. Pero me veo a mí, como soy y algo me hace ruido.
Siempre es así? O cuando los hijos crecen un poquito las cosas se acomodan?
Soy yo o a alquien más le pasa?
Me siento una mujer-pulpo. Y siento que entre tantas cosas que demandan se me están perdiendo cosas valiosas, no sólo con los chicos, sino también conmigo misma.
0

Culpable

Hay días que siento culpa.

Culpa de estar cansada, de no tener ganas de ir a la plaza.

Culpable por no estar 100% disponible, por compartir el tiempo con miles de tareas que se acumulan en la casa.

A veces me siento culpable por no jugar el tiempo suficiente con ellos, por no leer un cuento o por prender la tele.

Los peores días son cuando me doy cuenta que estoy de mal humor. Esos días la culpa es enorme, casi que se sienta en el sillón com nosotros.

Esos días todo es el doble de complicado, todo me cuesta el doble.

Siento que no aguanto, que quiero salir, cerrar la puerta y volver en 5 minutos con otro humor, con otra cara.

No es fácil conciliar las miles de facetas que hoy tenemos las mujeres. A veces pienso que se espera demasiado de nosotras.

Sin embargo, a la mañana siguiente nos volvemos a levantar. Me vuelvo a levantar pensando cómo será mi día, que desafío tendré que superar, que cosas tendré que aprender.

Y entonces recibo una sonrisa, un HOLA MAMÁ! que me asegura que hoy es un nuevo día, que tendrá en diferentes proporciones sus cosas lindas y de las otras.

Un nuevo día donde intentaré cambiar lo que hice ayer, para no sentirme culpable.

Imagen

0

Esa valiosa virtud llamada paciencia

No soy de ese tipo de personas a las que les sobra paciencia. Tampoco es que no la tenga, sólo que a veces me la olvido del lado de afuera de la puerta de calle.

Entonces, todo me sale mal. Muy mal. Los chicos no se calman con nada, lloran en simultáneo y me reclaman atención en proporciones iguales. No hay nada que los distraiga, ni que los calme.

Es en estos momentos donde me gustaría clonarme. Tener una doble que haga la mitad de mi trabajo, que atienda a un niño mientras yo cuido del otro.

Muy a mi pesar, esto no sucederá. Y muchas veces, las manos extras están ausentes en estos momentos de caos.

Entonces busco desesperadamente una solución.

Empiezo por #el niño, que es el que entiende de los dos. Y como una Harry Potter de la maternidad, aparecen juguetes improvisados que le sacan una sonrisa, mientras con una mano prendo la cocina intentando cocinar.

#Labebé es otra historia. Si tiene hambre no hay nada que puede hacerla cambiar de opinión. Es comer y nada más que comer. Si tiene sueño, la hamaco con un pie mientras termino de cocinarle a #el niño.

Lamentablemente una vez de cada tantas, pierdo la paciencia ante el primer llanto y esta idílica escena se convierte en un caos. Entonces respiro ondo y me obligo a contar hasta 10. Miro a #el niño a los ojos y no me permito olvidarme que todavía es chiquito y que ningún esfuerzo es suficiente en el intento por recuperar esa, la tan preciada paciencia.